La novela de Julio Verne "Viaje al centro de la tierra" no es ninguna excepción del
resto de novelas de este escritor, todas y cada una de ellas tiene un significado
oculto, son novelas repletas de simbolismo, de una segunda lectura que abre al
lector preparado una puerta al mundo real, al mundo de la tradición, por encima
de este mundo limitado por los "cinco sentidos". Julio Verne era un sabio que
escribía para sabios, o al menos, para aquellos que saben en su interior que existe
"algo más", y buscan el sentido de la vida, siendo conscientes de que el mundo
tal y como lo conocemos, o tal y como nos quieren hacer creer que es, no tiene
sentido y está cojo, ya que está muy lejos de llenar el hueco que muchos sienten
que han de llenar.
La novela "Viaje al centro de la tierra" habla precisamente de esa búsqueda, el
centro de la tierra no es más que el símbolo de la caverna, es el útero de la Gran
Madre, ese viaje al centro es el viaje a nuestro interior, bien podría haberse titulado
esta obra "Viaje al centro de uno mismo". Éste es un viaje peligroso, lleno de
obstáculos que habrá de superar quien lo inicie, para llegar y regresar, para
conocerse a sí mismo.
Entre los diferentes obstáculos de la novela, nos encontramos también con el
famoso mito del laberinto, representado por una interminable sucesión de grutas
y pasadizos en los que no hay ninguna luz, y entre los que Axel se pierde. Nuestro
protagonista no consigue encontrar el camino y se desespera hasta que consigue
escuchar la voz del profesor Lidenbrock, que además de ser su tío, es su mentor
y maestro. Aquí Julio Verne nos está dando una importante ayuda, y ésta es la de
escuchar a nuestro maestro interior, aunque como muchas de las claves que nos
da la tradición, puede ser un arma de doble filo, y puede confundir a quien no está
preparado, ya que antes de escuchar a nuestro maestro interior, deberemos
identificarlo de entre nuestros múltiples "yos" para no escuchar al equivocado y
perdernos todavía más en ese gran laberinto, en vez de salir de él.
Como digo, existen múltiples "yos" dentro de cada individuo, creados muchos de
ellos por el Ego, la mayoría de los cuales son sombras que nos impiden ver a
nuestro auténtico ser, y las hemos de aniquilar, lo que puede llegar a provocar
una auténtica lucha, no sangrienta pero si dolorosa, ya que la parte que queremos
matar somos en parte, nosotros mismos, o eso creemos. Este tipo de batalla se
representa en la novela con la lucha salvaje de la que son testigos los tres viajeros
durante su travesía por el gran océano subterráneo entre dos gigantescos
monstruos marinos. El gran tamaño de esos seres, su ferocidad y su fuerza nos
advierte de lo difícil y peligroso que puede resultar matar, o simplemente
enfrentarse a esos monstruos, que no son más que nuestras "sombras".
Para superar todas estas pruebas, debemos mirar bien en nuestro interior, porque
entre todo esos "yos" se encuentra el verdadero ser, ese ser inquebrantable que
se encuentra en armonía con la naturaleza porque forma parte de ella, al igual
que ésta de él. Este ser lo encontramos representado, entre la trinidad que forman
los viajeros, por el guía Islandés. Hans nunca se inmuta por lo que ve, ni por las
sombras y dificultades, ni por las maravillas que descubren. Su expresión no
cambia al ver la feroz batalla entre los monstruos, no cambia cuando descubren
el maravilloso mundo que hay bajo tierra y no cambia cuando son empujados por
el fuego a la superficie, todo eso lo tiene interiorizado, forma parte de él. El hombre
elevado que se conoce, conoce a su vez el mundo que le rodea y el sentido de
todo lo que sucede, ha sucedido, y sucederá. Porque todos formamos parte de
una gran unidad, llámese Dios, energía, Ser o como cada uno prefiera, y quien
consiga llegar al centro de uno mismo, conseguirá a su vez llegar al centro de esa
unidad, de la Vida. Por lo tanto...
¡Busquemos a nuestro Hans!
P.R.
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